Las fotos desconocidas y otras yerbas. Blog Fotoliterario de Herbert West
domingo, 17 de febrero de 2013
Alguien como vos
"Se encuentra lo que no se busca, aún así siempre se arriesga. Por que aunque uno no sabe lo que busca, solo espera a que su inconsciente sepa lo que quiere encontrar.
Y aunque se dice que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, desesperadamente espera saberlo antes.
Sinceramente hoy puedo decirte que no buscaba, no esperaba, no soñaba, ni remotamente alguien como vos. Me riesgo a amarte y a perderme en tus sábanas, sin mas promesa que un beso."
H. West
Y aunque se dice que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, desesperadamente espera saberlo antes.
Sinceramente hoy puedo decirte que no buscaba, no esperaba, no soñaba, ni remotamente alguien como vos. Me riesgo a amarte y a perderme en tus sábanas, sin mas promesa que un beso."
H. West
jueves, 31 de enero de 2013
miércoles, 30 de enero de 2013
El libro y los sueños
El
libro y los sueños
Sonó
el teléfono varias veces, era de madrugada, las dos de la mañana
exactamente según el reloj despertador y hacía un calor del
demonio.
-Hola.-
Dije con una voz espantosa
-Hola
Juan, ¿cómo andas?- Escuché del otro lado del teléfono.
-Sí...
¿Nico...Nicolás?- Atiné a decir, reconociendo a medias la voz de
mi amigo.
-Sí,
sí, ¿cómo andas?
-Bien...
- Respondí atónito, su voz sonaba grave como si hubiese un
modulador o un filtro de agudos entre él y yo.
-Juan,
tenemos que vernos mañana... mañana cuando te despiertes- me
respondió secamente y sin mediar formalidades.
-¿Qué?
- le respondí como respuesta automática.
-Sí,
Mañana paso por tu casa a las nueve.-
-Nueve...
¿De la mañana?-
-A
las nueve de la mañana-
-Bueno,
venite- mi única intención era que corte el teléfono y seguir
durmiendo. -Mañana pasá por mi casa y hablamos– respondí.
-Dale,
hasta mañana- contestó
-Saludos-
y me cortó sin más.
Luego
del llamado, mi mente quedó agotadísima, como si hubiese hecho un
esfuerzo tremendo. Estaba en mi habitación de soltero del décimo
piso, no se movía una hoja y la oscuridad era casi total por
excepción de una luz que salía de la computadora. Volví a pensar
en mi amigo y el llamado de las 2 de la madrugada de un sábado y no
me supe explicar lo que le pudiera haber ocurrido. Sin más caí
exhausto de sueño.
Me
desperté transpirado y temblando a las 7 de la mañana y saltando de
la cama me dirigí corriendo a mis cosas de trabajo. En un papel y
por momentos catatónico escribí una experiencia que me hacía
temblar al escribirla.
Estaba
inmerso en una especie de limbo blanco, no hacía frío ni calor,
completamente desnudo y hacia todos lados solo había una soledad y
blancura enorme que por momentos me cegaba. Sólo puede ser comparado
con lo que se debe sentir un astronauta perdido en el espacio, sin
nave a donde regresar y con oxígeno suficiente para mantenerse vivo
y volverse loco.
Flotaba
en ese infinito espacio blanco sin costa observable, sin un fin
aparente y en ese instante me di cuenta, que me movía... lentamente,
¿acaso caía?, ¿acaso volaba?. Mi cuerpo estaba desnudo en este
abismo y observé este espacio sin desesperar, algo perturbador
crecía dentro mío, y era la idea de que algo me observaba y me
atravesaba con sus ojos... no, lo hacía con sus ideas. Estas eran
ondas que vibraban con mi cuerpo y me hacían resonar y comencé a
tener fuertes palpitaciones cerebrales, tan poderosas que sentía
como mi mente salía de mi mismo. Esta entidad, esa cosa sin rostro,
sin nombre, que no poseía cara ni brazos, era o eran solo ondas:
sonido inaudible, vibración sin movimiento, luz sin oscuridad. No lo
veía pero estaba seguro que estaba presente ahí mismo, al alcance
de mis brazos todo alrededor mío, pero no podía tocarlo, solo
sentirlo y así caía más profundamente en el abismo...
La
lapicera cayó en el piso y me arrastré a la cama, aún sintiendo el
mareo y mi cabeza palpitando por la vibración. Apoyé nuevamente mi
cabeza en la almohada tratando de frenar conscientemente este
profundo malestar y poco a poco la somnolencia y pesadez de la noche
me abrigaron. No recordé lo que quedaba de mi sueño el resto de la
mañana pero mi último deseo fue despertar con todas mis fuerzas.
Apenas
pude sostenerme en pie, releí mis notas acerca del sueño y quedé
absorto de las ideas que me surgían de la misma. ¿Qué era ese
espacio blanco?. Si de adivinar se trataba parecía un dios que me
llamaba quizá me saludaba o bien despertaba de un sueño. Ese dios o
abismo era tan blanco que no había luz alguna para compararlo, era
un blanco infinito y poseía vida propia. Aparté la hoja escrita y
me tranquilicé para recibir a mi amigo.
Hacía
tiempo que no nos veíamos con Nicolás. Se había puesto de novio y
era de esas personas que se obsesionan por su pareja. Habíamos hecho
la primaria y la secundaria juntos, él terminó trabajando en un
banco en un horario nocturno y yo hacía turnos diurnos en una
empresa de informática. Hasta donde sabía, seguía de novio y se
había ido a vivir con ella hacía unos meses.
Sonó
el timbre y atendí el portero eléctrico. Bajé vestido como para
salir a caminar, no había acordado nada de a dónde nos íbamos a
sentar a hablar.
Al
momento que bajé y a través del vidrio de la puerta del
departamento, observé una versión de mi amigo que jamás había
contemplado.
Hacía
pocos meses nos habíamos visto en un partido de fútbol y luego
salimos a cenar con todos nuestros amigos en común. Aquella vez me
había comentado sus ganas de casarse en los próximos meses con su
pareja actual. Se lo veía fuerte, enamorado, con ganas de retomar
boxeo, comprarse una moto y otros proyectos que tenía.
El
individuo que estaba del otro lado del vidrio, poseía sólo los
rasgos fundamentales de lo que era mi amigo. Abrí la puerta y
Nicolás o más bien él se estremeció. Me miró de reojo, se dio
vuelta y exclamó:
-¡Juan!
-
Su
rostro hizo una mueca espeluznante que no cabía la menor duda acerca
de lo que había intentado, y eso era una sonrisa. Todos los músculos
que poseía en su cara y en su cuerpo casi habían desaparecido. Sus
ropas eran 3 o 4 veces su talla. Las falanges eran escarbadientes
deformes, encorvados y frágiles. Sus piernas, su torso deforme, no
poseía casi pelo, aparentemente se había rapado por completo... era
la viva imagen de un muerto vivo. Me dolió no querer abrazar
fraternalmente a mi amigo y mi cara no pudo más que demostrar
horror.
-¿Que....que?
¿Nicolás?- Titubee.
-Gracias
por atenderme Juan, necesito un favor-. y su voz sonó como lo había
hecho en el teléfono oscura y tenebrosa.
-Si,
por supuesto- respondí -Pero, ¿Qué te pasó?.
-Ya
lo sabrás- dijo sin titubear.
-Quiero
que guardes esto- y entró en escena algo que no había visto hasta
que lo mencionó. Lentamente me acercó un sobre marrón bastante
grande, lo sostenía como si fuese un bebé entre sus brazos. A
primera impresión lo que contenía era una carpeta, un libro o algo
rectangular y grueso.
-¿Pero
qué?, ¿Qué es esto?, ¿Qué te pasó Nico?- y moviéndose
débilmente pareció estremecerse quizá recordando algún horror
indecible.
-Se
que no te puedo pedir que no lo abras- Continuó - y por favor no lo
hagas ahora, espera a que me vaya. No te preocupes por mí, a mi
novia la dejé, perdí mi trabajo y otras cosas que ahora no vienen
al caso. Por favor necesito que me guardes esa cosa.-y mirando hacia
cualquier lado me dijo - No me busques, ni me detengas, ni nada- Se
dio media vuelta y me dejó con el sobre marrón.
Observé
unos segundos el sobre con detenimiento... levanté la vista y los
huesos de mi amigo se tomaban un taxi.
Subí
los escalones con impaciencia y rompí el sobre delicadamente para no
dañar su contenido.
En
el interior se encontraba un libro aparentemente gastado por el
tiempo y el uso. Sus hojas perfilaban un amarillo gastado de mugre,
probablemente proveniente de los dedos engrasados de sus dueños
anteriores, y algo de humedad que indicaba cierto maltrato. Un
señalador que era un hilo de un material que quizá era cuero negro
pendía de la parte superior. El libro estaba completamente vacío,
ni sus tapas ni sus hojas poseían escritura alguna. Más parecía un
diario de viaje bastante gastado y nunca jamás escrito. Tampoco
poseía rayado alguno para alinear la escritura en sus 421 hojas.
Poseía una encuadernación artesanal, con hilos, que al parecer no
poseían hebras y que ni remotamente eran de plástico. Sus hojas
eran resistentes, a tal punto que no pude realizarles marca alguna,
hasta intenté con todas mis fuerzas rasgar una de sus hojas.
Comprobé la textura de su papel y esta me resultó por demás
impensable, tenía una fina rugosidad y los bordes eran muy filosos
como si fuese un libro que había sido impreso hace poco tiempo.
Tomé
una birome azul y dispuesto a escribir alguna estupidez, comencé por
rotular con mi nombre la primer hoja, pero fue en vano, el papel no
absorbía tinta alguna. Lo intenté con lápiz y marcadores comunes e
indelebles, con ninguna surgió efecto. Dejé el libro sobre la
mesita de luz y decidí no darle más tiempo a ese extraño libro.
Era
domingo y luego de las tareas rutinarias, salí a caminar para
despejar mi mente. Había un parque cerca de mi casa y decidí llevar
mi cuaderno de anotaciones para relajarme y meditar acerca de todo lo
que había pasado. Crucé un lago en el que unos niños se estaban
bañando. El calor era sofocante ese día, con 40 grados por la
tarde, y en un sitio donde había un poco de pasto, me senté y saqué
del bolso: el termo, el mate y la yerba.
Luego
de un rato de garabatear frases inconexas, observé que cerca de
donde estaba había una pareja con unos niños que al parecer eran
sus hijos. Fantaseé con la idea de tener los míos propios con mi
actual pareja con la que aún no convivía y de lo que podría
resultar. Luego la deseché por absurda, lo que me valió una sonrisa
ante tal idea.
El
padre de los niños me miró por un momento y me hice el distraído
en mis propios pensamientos.
El
hombre se acercó a mí con total naturalidad y sin presentarse dijo:
-Disculpe
-Sí-
respondí – ¿En qué te puedo ayudar?
-Bueno,
querría saber si no me prestarías un poco de yerba, acabamos de
usar lo último que nos quedaba.-
-Si,
por supuesto.-Repliqué y le extendí el paquete.
-Gracias
respondió. Me llamo Javier y extendió su mano, esta es mi esposa
Rocío y mis hijos Ricardo y Adrián.-
-Encantado
de conocerlos- Respondí
-Disculpame
que te pregunte nuevamente ¿No sabés donde puedo sacar agua
caliente por acá?-
Le
ofrecí mi termo, ya no tenía ganas de tomar mate y aún contenía
algo de agua caliente.
Javier
y su esposa resultaron ser biólogos con orientación a
paleontología. Realizaban viajes a todo el país, desenterrando
huesos, examinando y clasificando.
-¿Donde
trabajan? -Les pregunté inquisitivo por su peculiar trabajo.
-Trabajo
en un laboratorio, acá en el Museo de Ciencias Naturales del Parque
Centenario.
-Ah
mirá, muchas veces tuve ganas de recorrerlo, nunca me animé.- Le
respondí
Es
muy interesante pero claro, tenés que tener las ganas y el tiempo.
Si algún día querés conocerlo, te dejo mi tarjeta, nos podés
llamar para hacer una visita guiada.
-Bien
- le contesté guardando la tarjeta en mi bolsillo.
Me
levanté, los saludé y me fui a casa con las ganas de unos bizcochos
y mates.
Luego
de cenar, en soledad hojee blogs en Internet hasta tarde. Antes de
irme a dormir le eché un vistazo al libro, este se encontraba
estático, no se había movido de donde lo había dejado.
Al
otro día volviendo a casa del trabajo, me crucé con un amigo del
octavo piso del edificio donde vivía. Martín se llamaba, era un
tipo solitario y siempre con las mejores intenciones. Compartíamos
noches de boliches y también como yo, era fanático del Cine de Ci
Fi y fantasía. Nuestras discusiones rayaban lo nerd, él era harto
fanático de Isaac Asimov y yo de Bradbury y si bien teníamos un
montón de cosas en común, no hablábamos de nuestras vidas
personales.
Por
alguna razón no mencioné el libro, ni a mi esquelético amigo. Por
el momento decidí ser cauto con este tema hasta descifrar de que se
trataba todo.
Abrí
la puerta de mi departamento y en ese instante no pude dejar de
pensar en el libro. Corrí apresurado a mi habitación y lo revisé
insistentemente. Claro que no había ningún cambio, extrañamente
buscaba alguno o bien algo que no había notado antes.
Me
dediqué a preparar la comida de esa noche, un rico bife con ensalada
mixta que devoré con ansias. Unos minutos después posaba el libro
en un atril frente a mi. Lo observé con impaciencia de que algo
pasara, hasta que cabeceé en la mesa del sueño. Me desperecé
tranquilamente y abrí los ojos hacia el libro y casi me caigo de la
silla.
Líneas
oscuras sobresalían del lienzo blanco amarillento. Esas líneas no
tenían un significado al principio. Pero un segundo vistazo, me
llevó a entender.
La
palabra “Hola.” se había formado en el medio de la hoja que
estaba observando. Mis palpitaciones aumentaron, se habían aflojado
mis piernas y mi mano temblorosa intentó tocar el libro, pero no, no
pude tocarlo. Era una situación indescriptiblemente angustiante que
hizo que terminase desmayándome de un golpe en la cabeza contra el
piso del comedor.
Al
cabo de 10 minutos más o menos, recuperé la conciencia y me apoyé
con ambas manos incorporándome lentamente. Estaba todo confuso y no
me acordaba porque había terminado en el piso.
Una
vez parado, observé el libro y el recuerdo empezó a plasmarse. ¿Qué
era eso? ¿Cómo se había escrito el libro?. Él estaba estático
sobre el atril, no daba pista alguna. Corrí hacia la puerta y la
cerré, revisé ventanas y todos los rincones de mi casa. Con miedo
al pasar cerca del libro y observarlo de frente, manteniendo una
distancia prudente como si el libro fuese el mismo demonio.
Recuperé
el aliento en la cocina y observé un cuchillo que se encontraba
secándose. Lo tomé del mango, este era robusto y aunque no se cruzó
por mi cabeza en ese momento, debí de parecerme a Dorian Gray justo
antes de enfrentarse a su destino.
Me
moví lentamente con pasos seguros hasta la habitación donde él se
encontraba. Observé sin mirar sobre sus hojas. Había algo más
escrito.
Las
palabras que me negaba a leer y llamaban mi atención pedían mi
concentración.
Se
habían escrito las palabras, letra por letra, una por una. “Es
inútil que lo intentes”. El cuchillo se me cayó de las manos y
salí corriendo de mi casa cerrando la puerta tras de mí. Caminé y
corrí durante 2 horas, hasta que caí exhausto en una plaza.
A
la mañana siguiente, abrí los ojos suavemente y era de día. Las 7
de la mañana según el reloj de la mesa de luz. Todo parecía
normal, y de un relámpago no entendí porque estaba en mi
habitación. Y como un golpe, me llegó a la mente el libro y las
piernas se me aflojaron nuevamente. Salí corriendo a buscarlo sobre
la mesa y ahí estaba como un rey sentado en su trono. Caí al piso
sentado esta vez y en esa posición estuve unos minutos intentando no
mirar al libro como lo habría hecho Perseo con Medusa.
Me
acerqué al libro con los ojos semicerrados y con cuidado. Estaba
entregado ya para este momento, nada me quedaba por hacer salvo
enfrentarlo. Con lágrimas en mis ojos, temblando y arrastrando mi
cuerpo hacia la silla que seguía caída desde ayer, me apoyé en dos
de sus patas e hice apoyo para observar el libro.
Mis
ojos se horrorizaron con la siguiente línea.
“Nada
te apartará de tu destino, nada.”
Por
primera vez no tenía miedo, aún así sentía cierta naturalidad en
todo este asunto y contemplé de lleno el hecho de encontrarme con
los horrores venideros, de aceptar algo como un libro que pudiese
hablar y leer mis pensamientos.
Lo
estudié detenidamente, hasta busqué una lupa que tenía guardada
para mejor análisis. Los trazos perfectos de la mano que los había
dibujado me intrigaban. Eran el reflejo de una caligrafía muy fuera
de lo ordinario.
Me
concentré dejando de lado la poca claridad mental que me quedaba y
quise hacer una prueba. Pensé en una pregunta simple y dije en voz
alta: -¿Cuál es tu nombre?-, nada se movió. Absolutamente nada se
dibujó en la hoja delante de mí y repetí: -¿Cuál es tu nombre?
¿Cuál es tu nombre? ¿Cuál es tu nombre?-. Nada cambió.
Toqué
suavemente las líneas escritas. Con intensidad se notaba una
rugosidad en las mismas. Tenían cierto relieve tal como si la tinta
hubiese sido depositada por algún método no convencional en el
papel.
Habían
pasado días y el libro seguía quieto e inmóvil, ya no me atrevía
casi ni a tocarlo y por las noches lo guardaba en una caja fuerte. Me
encontré a mi mismo varias veces solo, con luces tenues y a veces a
la luz de las velas observando el libro.
En
mi trabajo me pedí una licencia de unos días sin goce de sueldo, a
mis clases nocturnas de francés ya no concurría. No había más que
explicar, el libro me obsesionaba y era indudable que mi fin no era
otro sino el que había tenido mi amigo Nicolás, pero eso ya no me
importaba.
Era
tarde ya cuando escuché un ruido tremendo fuera de mi casa, como si
dos coches hubiesen intentado frenar y chocaron irremediablemente.
Por algún motivo el cual yo no me explico, tomé el libro y lo puse
en la caja fuerte.
Al
parecer desde mi ventana parecía ser que dos autos estaban
incendiándose, uno en la vereda de mi casa y otro en la de enfrente.
Corrí detrás de ellos como loco, bajando las escaleras y
golpeándome con todo el que se cruzara por el camino.
Al
llegar a uno de los autos encontré a dos personas en su interior que
arrastré hacia afuera, estaban en un estado de inconsciencia total,
para lo que comencé a practicarles masajes en el estómago y
respiración boca a boca hasta que empezaron a toser con insistencia.
La gente empezó a amontonarse alrededor, caras curiosas y
desconocidas fisgoneaban, pero ninguno de ellos movió un pelo. Grité
con todas mis fuerzas -¡¡¡Llamen a una ambulancia!!!- y observé
que uno de ellos con un teléfono celular atinó a hacer él llamado.
Me
aseguré que los individuos de los autos estuvieran vivos y caminé
tambaleándome hasta la entrada de mi edificio. Ahí mismo me tumbé
debajo del pórtico, tratando de hacer disminuir mi ritmo cardíaco.
Observé
cómo se prendían fuego los autos, y el trasfondo musical de una
ambulancia que parecía estar cerca y estúpidamente recordaba la ley
de la relatividad aplicada a los objetos que vienen hacia uno como
las ambulancias.
Ahí
mismo a unos pocos metros se encontraba mi amigo del décimo piso. Me
estaba inquietando porque me observaba con una cara de pánico
tremenda. Se acercó a mi lentamente y se quedó mirándome como si
yo fuese un loco.
-¿Qué
te pasó?- Me dijo.- ¡Estás escuálido! Te llamé varias veces la
semana pasada y no atendiste el teléfono... saliste como desquiciado
a salvar a esas personas... ¿qué te pasa?, ¿estás bien?-
Lo
miré largamente, mis ojos no lo encuadraban, estaba casi agonizando.
Enfoqué mi vista en los autos incendiándose.
-Encontré
algo... algo... pero no te preocupes... tengo que resolver todo
esto... no puedo seguir así por mucho tiempo más.
Me
miró extrañado. - ¿Que encontraste?
-Nada,
nada- dije, me había arrepentido en ese instante, sentí que él no
debía saber nada acerca de lo que me aquejaba.
-Vamos
vamos- replicó, -venite a casa qué hacemos unos mates.
Me
ayudó a levantarme... no me había dado cuenta lo frágil que me
encontraba hasta que quise ponerme de pie.-
Fuimos
a su casa, puso algo de música y la pava. Me senté en su mesa
principal y mientras acomodaba la yerba y la bombilla me dijo -No sé
qué te está pasando, pero podés confiar en mí. Nada sale de este
lugar.
Lo
miré con miedo y resignación, algo me hizo pensar que ya no podía
ocultar esto, tenía que hablar con alguien y Nicolás no era una
buena opción, o eso creí en ese momento.
-Es
un.... libro, un libro que me prestaron o bien que me dieron.
-¿Qué
tipo de libro?
-Un
libro, vacío... o más bien que se escribe... con tu pensamiento,
con tus acciones... es muy complicado de explicar...
-Intentalo-
me dijo con un rostro entre amable y desconcertado. - Un libro
cualquiera sea, no puede volver loco a nadie.-
-No
Martín, no... no se de que es capaz. Hasta donde pude comprender,
puede leer mi pensamiento. Es muy peligroso para alguien que no sea
yo mismo, al anterior poseedor... no sé lo que le habrá hecho pero
se que no pudo más y me lo dio a mí.
Con
una desazón me miró, que hizo que se me cayeran lágrimas de los
ojos y bajar la cabeza, me los cubrí con la mano por vergüenza. -
Perdón Martín perdón. Este no es un tema que te incumba. Es mi
problema, mi destino. No puedo cambiarlo ni confiar en nadie que
entienda o comprenda.
Y
me miró seriamente esta vez.
-¿No
crees que el mío es estar en el momento justo y ayudarte a cargar tu
peso?. Sé que no somos los mejores amigos pero se nota que sos una
buena persona y no voy a dejar que algo malo te pase, si puedo
evitarlo.
Mas
lágrimas cayeron de mis ojos y con mis brazos aún temblando me los
sequé con la manga.
Martín
se levantó. Fue a buscar el agua y sirvió el primer mate.
Esa
tarde noche no hablamos mucho más de aquello y luego de un rato me
despidió con un abrazo. Sentí que era, el que no le pude dar a
Nicolás.
-Chau
amigo, cuando quieras hablar estaré aquí.
-Gracias-
le dije y apreté el botón del ascensor.
Abrí
los ojos y según el radio despertador de mi mesita de luz eran las 9
de la mañana. Me encontraba con fuerzas y traté de recordar qué
había pasado anoche... estaba con mi amigo, luego entré a mi piso,
pero no recordaba haber visto el libro en su trono. ¿O sí?, ¿lo
había devuelto a su lugar?. Intenté recordar... y mi cabeza me
empezó a doler intensamente y como un recuerdo que me había
obligado a olvidar me llegó. Alcancé a tomar la hoja y la lapicera
que había guardado en la mesita de luz después de la última vez
que tuve el sueño del abismo... y esto escribí:
Me
encontraba al borde del risco de una montaña. Un horizonte de
llanura se extendía delante mío. Me dí vuelta y en la piedra
tallada había un marco con símbolos extraños. Encendí con unos
fósforos que traía en un bolsillo, una lámpara de querosén que
tenía en la mano. Crucé el umbral sin vacilar.
Caminaba
con un aparente rumbo incierto y luego de un tiempo de vagar por
pasadizos que no llevaban a ningún lado. Vi a lo lejos lo que creía
que era una luz que aunque no parecía ser la salida, corrí con
todas mis fuerzas hasta alcanzarla. Me encontraba muy lejos y al ir
acercándome a toda velocidad las paredes se iluminaban más y más.
Al llegar a donde parecía ser la fuente de dicha luz esta me cegó,
por lo que cerré los ojos y cubrí con mis manos mi rostro para no
quedarme ciego. De a poco los fui abriendo y me fui acostumbrando,
para encontrarme en una habitación.
Dentro
de ella había un hombre acostado boca arriba y atado de pies y manos
a la altura de mi cadera. No lograba ver su rostro e intenté
acercarme. Pude ver mas de cerca pero no así la cara de la persona.
Debajo de él se veía nítidamente un pozo del que salía una llama
increíblemente blanca que iluminaba la habitación. Este hombre se
encontraba acostado en una estructura a la que estaba integrada una
roldana y una soga que se encontraba a un lado de él. El fuego se
extendía debajo del pozo profundísimo y observándolo con más
detenimiento no solo eran llamas, era lava, era el mismísimo
infierno ahí debajo, un infierno blanco y descomunal. Tomé la soga
que se encontraba a mi alcance y comencé a hacer descender la
estructura del hombre. Por momentos sentía que él no quería
quemarse en ese fuego blanco, pero aún así lo bajaba con delicadeza
condenándolo a la mismísima muerte. Intenté ver su rostro pero la
cara no me era revelada, se veía borrosa y no era mi intención
detenerme. Continué el descenso de su cuerpo, apenas unos
centímetros más y mi mirada empezó a quedarse fija en el rostro
borroso. La imagen empezó a esclarecerse pero no asociaba o me
negaba a aceptarlo. En ese instante la roldana se zafó y aunque mi
reacción fue de detenerla... No pude... la soga se rompió dejándolo
caer.
Y
en ese instante recordé viva y claramente la imagen de Martín
cayendo por el pozo y siendo consumido por las llamas blancas que lo
devoraban todo... lancé un grito de horror espantoso, hasta que mis
cuerdas vocales extinguieron el grito. Alcé la mano como si lo
pudiese alcanzar y lágrimas a borbotones saltaron de mis ojos
exhaustos.
Miré
hacia afuera de mi habitación con una palidez inhumana y temblando
de miedo. Sentí pavura al pensar en el libro y encontrarlo posando
en el medio de la habitación... y ahí se encontraba el maldito.
Logré visualizarlo desde el arco de la puerta. ¿Qué será esta
vez? Me pregunté, ¿Mi amigo estará muerto? Me maldije a mí, a
Nicolás y al libro por existir. Mi mano temblaba y caminé hacia él.
No
estaba de frente hacia mí, por lo que tuve que rodear la mesa. Abrí
grande los ojos mientras lo hacía, mis piernas temblaban y no
encontraba razón de ser todo lo que estaba pasando.
Leí
lo que tenía el libro para decirme y cerré mis ojos con mis manos,
el libro se encontraba abierto en una hoja cualquiera y el señalador
se erguía sobre él. Las siguientes palabras que se encontraban
escritas sobre sus hojas.
“La
curiosidad tiene sus consecuencias.”
En
un acto de violencia tomé el libro y lo tiré en un tacho de basura
de chapa dejándolo a merced de quien me quisiese robar.
Podría
haber ido a tocar la puerta de mi amigo, pero finalmente
decidí llamar a la policía. Una llamada anónima desde una esquina
cualquiera del barrio. Oculté mi voz con un pañuelo, me pareció
suficiente para despistar cualquier relación conmigo.
La
policía apareció, en el lugar, luego una ambulancia y poco tiempo
después aparecieron personas que parecían del perito, claramente no
era una muerte por accidente o quizá era rutina realizar el pedido
de un peritaje en muertes dudosas. ¿De que habrá muerto? ¿sofocado?
¿ahorcamiento? Creí por un momento que podría llegar a recordar,
si es que lo hubiese matado yo. Fue inútil intentarlo.
Miré
tristemente luego de unas horas largas de agonía como se llevaban un
cuerpo en una bolsa negra. Ese día vi entristecido lo que quizá o
muy probablemente podría haber sido los eventos luego de mi muerte.
Y en esas 10 horas de sufrimiento pensando en mi amigo y yo tirado
frente al departamento comiéndome la cabeza sentí una soledad
tremenda.
¿Acaso
que es lo que dejaba en este puto mundo? habían pasado ya todos los
actores idos y por haber, cabos, oficiales, peritos forenses pero no
hubo periodistas que emitieran la noticia de un hombre encontrado
muerto, no iba a estar en el noticiero de la una, era solo una
persona que se había muerto. A NADIE LE INTERESABA, no tenía
parientes cercanos. De los padres ambos habían muerto hace tiempo
atrás, no tenía hermanos, ni abuelos, ni parientes, ni nada. Me
tenía a mi. Nada salía de lo normal que pase en cualquier parte del
mundo, 108 muertes por minuto, 6.455 por hora, 154.918 por día,
4.712.095 por mes y 56.545.138 personas por año en el mundo, solo
estadísticas. ¿Que le va a importar a la policía un muerto más?.
Él era solo un número en un expediente que se iba a archivar en un
sobre que será puesto en una habitación con moho y que luego de
unos años desaparecerá para siempre. Sus restos serán entregados a
la ciencia para que los médicos primerizos experimenten con ellos,
todo lo que hoy te hace articular, moverte, sonreír, observar,
pensar, soñar y respirar, termina siendo comido por los gusanos.
Me
dejé tirado mirando el edificio un rato hasta que no hubiese más
movimientos. Era una noche muy cerrada y nulo movimiento en la calle
ni en los departamentos. A hurtadillas entré al edificio con mi
llave y abrí suavemente la puerta. Me había asegurado que ningún
policía se encontrase en el edificio, observando apropiadamente sus
idas y venidas para no encontrarme sorpresas desagradables.
Caminé
lentamente hacia las escaleras y deslizándome sigilosamente subí
piso a piso hasta llegar a mi departamento. En ese instante me sentí
impelido de seguir adelante, giré mi cabeza hacia la izquierda donde
seguían las escaleras y flaquee un momento. Decidí dar unos pasos
hacia arriba, al departamento de Martín.
Caminé
lentamente y subí las escaleras hasta llegar a su piso. En su puerta
se encontraban fajas amarillas de la policía que tenían la
inscripción “ESCENA DEL CRIMEN - NO INGRESAR”. Saqué una a una
las 4 fajas y las dejé en el suelo, utilicé mi remera para abrir la
puerta.
Mientras
esta se deslizaba hacia el interior, iba rompiendo el silencio de la
noche con un crujido cada vez más sonoro. Desde el exterior era
evidente que la casa estaba desvalijada, la habían dado vuelta,
supuse que los policías en busca de indicios. ¿Qué podría
encontrar yo, que ellos no hubiesen hallado?. Entré en su
departamento esquivando las lámparas, muebles, ropa y cacerolas
tiradas en la escena del crimen. Chusmee en la cocina y presté
debida atención en las cosas que había tocado la noche anterior.
Aún estaban ahí, no se las habían llevado. Entré a su habitación
y nada salvo el colchón contra la pared y la sábana en el piso,
estaban fuera de su lugar.
Me
dirigí al baño, no recordaba si había entrado la noche anterior.
Revisé la bañera, el inodoro y el bidé. Luego me dirigí al espejo
y mirando pero ocultándome del reflejo, la idea me cruzó por la
cabeza. Tomé aire por la nariz, bajándolo a mi estómago y con la
boca, expiré aire caliente en el medio del espejo. Algo extraño se
formó, algo que parecía una letra... Repetí la operación varias
veces hasta que una frase bien nítida se formó.
Nuevamente
estaba esa frase... la misma que se encontraba tallada en el libro la
noche anterior. Las letras estaban armadas como si se hubiese usado
un dedo meñique para realizar una a una las letras, y los giros que
tenía que dar el dedo eran imposibles sin tener que torcer todo el
brazo o hacer malabares con las posiciones. Algo estaba muy mal...
¿Acaso
era evidente que la policía no había encontrado esto?, ¿habían
encontrado otra cosa? ¿cómo se que en este momento la policía no
me está buscando?, ¿estarán esperando a que se libre una orden de
arresto?, ¿alguien me vio hablar y subir a este departamento?
Entré
a mi casa y sin perder un minuto en medir las consecuencias, tomé el
tacho en el que había dejado el libro, unos papeles de diario que
habían desperdigado por la casa, alcohol que había encontrado en el
botiquín y lo prendí fuego.
Esperé.
Esperé
hasta que se incinere. ¿Qué otra cosa puede matarlo si no es el
fuego?. Un fuego rojo vivo, nítido y hermoso que lo despedazaría
parte a parte y nunca más, nunca más.
Vertí
el contenido del tacho en una bolsa sin mirar su interior.
Y
así fue como un día huí de mi departamento en el que vivía hace
10 años, con toda la plata que había podido sacar de mis cuentas y
escondidos en mis libros. Con unos pantalones rotos, una camisa
agujereada y unas zapatillas que daban lástima, a caminar por Buenos
Aires sin la menor idea de qué hacer ni a donde ir.
Las
calles quietas e infestadas de ratas escudriñaban por doquier,
moviéndose furtivamente a través de la noche como si esta hubiese
sido su propia madre. Me encontraba sucio y harapiento tirado en una
pasaje, abrazado a la bolsa. La luz de una lámpara de la calle me
iluminaba el rostro y decidí que era un buen momento para abrir la
bolsa y ahí no más, acostado en un colchón que encontré tirado
empecé a verter todo su contenido. De la bolsa cayeron pedazos de
papel de diario que no llegaron a quemarse y ceniza.
Y
por último cayó el libro.
Ahí
estaba el maldito, entero sin un rasguño. La muerte tenía forma de
libro y este me acechaba.
Anonadado
y fuera de mi me quedé tirado un largo tiempo que parecieron días,
pero fueron horas... contemplando y estrujando todo mi ser contra su
portada.
En
ese callejón luego de una cantidad de tiempo para mi desconocida,
desperté renovado. Algo me impulsó a levantarme y una maldita idea
se fijó en mi cerebro. Algo distinto.
Creí
que era hora de intentar encarar el asunto desde otro punto de vista.
Encontré un hotel que me ofrecía pasar la noche por unos pesos en
los que podía bañarme y cambiarme, compré ropa sencilla, una
mochila y otros artículos pensando en pasar una vida de vagabundo
unos días. Me bañé con jabón, shampoo y esponja, no recordaba la
última vez que me sentía con tanto entusiasmo. Por primera vez en
mucho tiempo reparé en mi aspecto demacrado, frente al espejo del
baño del hotel y no me importó, todo era por algo, y así tenía
que ser.
Mi
amigo me dejó esto que guardaba ahora en la mochila, y no le tenía
rencor alguno ¿Acaso él había inventado este libro? No tenía
sentido, este diablo, demonio o libro como quieran llamarlo había
sido encuadernado por manos sencillamente fuera de este mundo o
universo.
Solo
él debe de saber por lo que habrá pasado y como llegó a lograr
cederme el libro. ¿Acaso esperaba yo una señal para actuar de la
misma manera? ¿acaso inconscientemente espero desligarme por
completo de este asunto y seguir con mi vida?. Puede ser.
Pero
no hoy y no ahora. Primero saber, luego el resto, aunque cueste mi
raciocinio.
Me
levanté a las 8 de la mañana tiempo suficiente para ordenarme y
realizar una visita a Javier en su lugar de trabajo. Lo llamé por
teléfono y le pedí si podía ir a visitarlo y que necesitaba
realizar una consulta profesional. Se negó al principio pero cedió
de mala gana jugando con su costado científico y explicándole que
tenía algo muy interesante para que pusiese debajo del microscopio.
Mientras
caminaba hacia su laboratorio pensé en las consecuencias de
observarlo bajo verdaderos lentes de aumento. Si era un libro común,
era definitivo... estaba loco, yo era un asesino. Observarlo con una
proyección distinta podría terminar con este suplicio. Y si no lo
era... era mejor no pensar en ello.
Pocos
minutos después me encontraba caminando por las calles de Buenos
Aires y a lo lejos observé un edificio majestuoso, sus paredes se
extendían por mas de una cuadra y estaba decorado con animales de
concreto y había murales de dieciséis metros cuadrados.
Ingresé
por la calle Ángel Gallardo, y un dinosaurio hecho de metal y cartón
promocionaba el ingreso al museo. Pagué la entrada que no salía más
de diez pesos y entré por unas escalinatas repletas de gatos que se
acurrucaban tomando sol. Las puertas del edificio medían unos cinco
metros de alto, vidriadas y con rejas.
Entré
y me dirigí a la derecha, esquivando turistas y familias que venían
a visitar el museo. En la primera sala descansaban restos óseos de
monos, de un elefante y de un jirafa. Estos se encontraban a lo largo
del corredor y las paredes estaban repletas de estantes vidriados con
animales disecados: serpientes, búhos, ratas...
A
lo lejos visualicé a un hombre vestido con el clásico guardapolvo
blanco, con unos anteojos pequeños y me hacía señas para que me
acercara, era Javier. No mediamos muchas palabras, lo único que me
preguntó fue si tenía encima lo que íbamos a poner bajo el
microscopio, a lo que asentí con mi cabeza. Me llevó por unos
caminos que eran de acceso restringido, subiendo y bajando escaleras.
Llegamos al segundo piso, donde me hizo colocar un guardapolvo exacto
como el de él, pero un poco desgastado y amarillento. Entramos a la
sala donde se encontraba el laboratorio, no había nadie salvo
nosotros dos en todo el piso, habíamos pasado un guardia en el
primero que nos había mirado con recelo pero no nos detuvo.
Arriba
de uno de los escritorios se encontraba un microscopio y nos
dirigimos hacia él. Javier me pidió tajantemente y con cara de
pocos amigos el objeto a inspeccionar. Saqué el tomo de la mochila y
él no se mostró sorprendido, tomó un bolsa esterilizada de más o
menos su tamaño y yo lo metí dentro.
-¿Qué
necesitás que vea de este libro?- me dijo con aire cansado.
Lo
miré unos segundos y le respondí -intentá descubrir de qué
material está fabricado para empezar.
Se
colocó unos guantes y lo observó detenidamente, lo elevó por sobre
su cabeza, revisó sus hojas amarillentas, revisó sus bordes y
exclamó -No parece nada fuera de lo normal
Tomó
un escalpelo y un vidrio y empezó a intentar rascar el lomo para
sacar alguna muestra de partículas o vaya a saber uno que. Lo
intentó varias veces y con distintos escalpelos, nada parecía
hacerle daño, ni el más mínimo. Le conté las pruebas que había
hecho para marcar el libro, romperlo, quemarlo etc. (Por supuesto
evitando ciertos detalles).
Sus
ojos, comenzaron a agrandarse con una expresión de asombro tremenda
a medida de mi relato y se expidió -Vamos a colocarlo debajo de un
microscopio al libro entero- y me llevó a otro laboratorio,
transversal a este, en el que se encontraba un microscopio bastante
más grande donde podíamos colocar el libro sin necesidad de
rascarlo.
Estuvo
unos minutos pre-calentando y calibrándolo para que este funcionase,
hasta que lo logró y me hizo colocarlo en una plataforma. Mientras
miraba el microscopio, su cara se iba transformando, creo que hasta
lo sentí temblar. Levantó la mirada y sus ojos se clavaron en mí.
-Nun...
nunca... había visto... algo así...- Infirió.
Lo
miré y no contesté. Luego de un rato y de intentar colocarle
distintos ácidos que poseía en el laboratorio para hacerlo
reaccionar, no logró absolutamente nada.
-Esto
no debe salir de este edificio, es una hallazgo de la ciencia.- dijo
totalmente concentrado.
Lo
miré con mucha paz -No, es mío. Fue un error haber venido aquí-
-Espera- dijo y me tomó del brazo. ¿No entendés que significa eso? Eso... tiene vida... y no solo eso... nunca había visto algo así... que se comporte de esa manera.
-Espera- dijo y me tomó del brazo. ¿No entendés que significa eso? Eso... tiene vida... y no solo eso... nunca había visto algo así... que se comporte de esa manera.
-Es
mío y me lo voy a llevar- Y caminé hacia la puerta
Javier
se acercó por detrás y se subió a mi espalda tratando de ahorcarme
y haciendo que ambos nos golpeemos nuestras cabezas contra la pared,
lo que nos dejó inconscientes.
Un
rato después nadie había entrado al laboratorio, me desperté y
Javier seguía tirado al lado mío, chequee sus signos vitales y no
estaba muerto, tomé su credencial, las llaves que había utilizado
para atravesar las puertas y obviamente el libro, cerré la puerta
del laboratorio en el que estábamos y recordaba perfectamente
nuestro camino de ida, por lo que salí apresuradamente del edificio.
Me
desperté gritando y moviendo mis extremidades como si hubiese tenido
la peor pesadilla que alguien puede tener, me encontraba tirado al
pié de un árbol. Alcancé de un bolsillo de mi mochila una lapicera
que tenía y usé una hoja amarillenta que publicitaba no se qué
restorán chino.
Abrí
los ojos y un cielo azul se veía tremendamente profundo como si nada
existiese salvo él y yo. Me mecía tranquilo en un apacible día de
verano sin preocupaciones. Me costó entender que estaba subido a un
bote a vela con el sol descendiendo por el occidente. El movimiento
de la tierra transformaba los azules, celestes y turquesas que se
veían en el resto del cielo, en un rojo sangre que empezó a helarme
los huesos y a hacer tiritar de frío con punzada insistencia en mi
espalda. Levanté mi cuerpo y a lo lejos, pude ver otro bote pequeño
parecido al mío con ocupantes dentro. Intenté gritar y hacer
señales, hasta levanté el remo pero no pude llamarles la atención,
estaban muy concentrados mirando a sotavento.
Luego
de lo que creí que fue un instante, un ruido turbulento se hizo
escuchar e hizo que parpadee. Frente a mis ojos apareció el fin del
mundo, una catarata que abarcaba todo el horizonte de distancia.
Enloquecido y tiritando de frío navegaba a toda vela y me apuré a
cerrarla, el mar nos arrastraba. Tomé los remos y seguí gritando
para avisar a los ocupantes del otro bote. Miré sobre mi hombro
nuevamente y no estábamos separados más que unos segundos de
distancia. El fin del mundo se veía detrás tan perceptible como el
sol que me llenaba los pómulos de un leve calor. Miré hacia atrás
y era inminente la caída. Observé aterrorizado y hundido en el
fondo de mi bote a los pasajeros inmutables que se dejaban caer, los
conocía... sabía quiénes eran... eran... Un enorme grito me
estremeció y se repetía a lo lejos y en todas partes en el cielo,
no logré escuchar con claridad como si hubiesen pájaros gigantes
sobrevolándonos... bajé la cabeza y miré a la familia, los 4
integrantes me miraban con una sequedad acusadora inmutable y
terrorífica. Sabía bien lo que venía luego... los 4 se levantaron
tal como si fuese un rito, ambos botes se mecían. Voltearon los
caras hacia el infinito, hacia donde terminaba el mundo, un manto
blanco inundó el cielo. Los vi caer primero y en pocos segundos lo
haría yo....
Se
escuchaban las sirenas de los bomberos a lo lejos. Sabía de qué se
trataba... sabía que Javier y su familia estaban muertos.
*--------*
Me encontraba detrás de un árbol, esperando. Cuando un automóvil pasó cerca de donde estaba escondido y lo que llevaba entre mis brazos lo oculté rápidamente. Llevaba esperando unas horas ya, cuando lo vi salir de su casa tambaleando y empezó a caminar hacía la parada del colectivo.
Era de noche, alrededor de la una de la madrugada. Su figura se colocó en la fila de la parada de un colectivo. Esperé que varias personas ocupen su lugar y luego de unos minutos, antes que el colectivo llegase, me uní a ellos y pude abordarlo.
Lo miré un par de veces y sus ojos estaban como perdidos, no parecía nervioso, estaba exhausto y tenía una actitud pasiva tremenda y a su vez que bordeaba la locura. Luego de andar media hora, se decidió a bajar cerca de la estación de tren de Liniers.
Lo vi caminar hacia provincia por Rivadavia, y tratando de ocultarme me bajé en la siguiente parada. Busqué la avenida y la retomé tras sus pasos. No vi que estuviese caminando por la avenida por lo que supuse que había tomado una calle interna, así que doblé en la primera y a pocos metros lo vi. Estaba de espalda, sentado en el piso.
-Te.. te esperaba- me dijo sin mover una fibra de su cuerpo y me acerqué lentamente a su campo visual. -Te esperaba, Juan- me repitió, contemplé su rostro y estaba mucho menos deforme que la última vez. -Entonces... descubriste el libro.- dijo, y mi mirada fue una completa incógnita. -Mmm...-titubeó -Me hizo hacer cosas impensables...cosas de las que no voy a decir, ni ahora ni nunca. Lejos de la influencia del libro, me arrepiento de todas y cada una de las cosas... una de las peores fue haberte dado la carga de ese libro, esa cosa es...es espantosa y me ha dejado una marca imborrable en mi vida que no he podido alivianar. Por eso el libro decidió antes de que me suicidara, cambiar de manos, o eso es lo que entendí, él decidió que vos seas el próximo portador.- Mientras hablaba, sus ojos se bamboleaban y cada tanto cabeceaba, se movía nerviosamente. Prosiguió...
-¿Leíste las palabras? Esas palabras aún retumban en mi cabeza y no me dejan dormir, hace días que no descanso mis ojos y era peor cuando estaba conmigo, no comía, ni tomaba... vivía obsesionado por ese... ese monstruo que me devoró por dentro. Sus hojas están malditas, destruyen todo y a todo el que las leen...- Se quedó callado de repente unos minutos. Se encontraba pensativo.
¿Lo tenés acá? Quisiera verlo una vez más... tan solo una vez más...- miraba el cielo estrellado, el frío de la noche le calaba hondo en su cuerpo, tiritaba de frío y sus palabras se entrecortaban. - En ese momento pronunció palabras como “Yuggoth” y “El que yace eternamente” a lo que no respondí sin más que con una fría mirada a los ojos. Se puso a llorar, sus lágrimas caían una a una al pavimento como gotas que rebalsan de a poco un vaso, le recorrían la mejilla algunas terminaban en su boca otras rozaban su pera y se estrellaban sin más en el suelo.
-Ya lo habrás leído, las palabras van y vienen, aparecen y desaparecen del libro casi por arte de magia y así es como te habla ese ser, obligándome a hacer cosas repugnantes y decadentes. Sí, las leíste. Por algo estás acá. Sabés muy bien... uno no puede negársele. No se puede, no. Él viene en sueños y te acecha. Decenas de veces intenté tirarlo, quemarlo, despedazarlo y no pude, temía por mi vida y ahora ya no es mi problema. ¿Lo es?, ¿acaso eres su mensajero?, ¿él mismo te envió? ¿El que no debe ser nombrado? Ya estoy maldito y no tengo vuelta atrás, decile que no me moleste, cumplí con todas sus órdenes, hasta maté a mi esposa ¿qué he hecho para que quedar así?, ¿acaso acudir en la ayuda de un amigo que me condenó al abandono de mi propio ser? ¡Maldito libro, maldito seas!- Se había sobre excitado y algo de sangre salió por su nariz, que tomaron la misma dirección que las lágrimas que seguían recorriendo su cara.
Se limpió la cara con la manga y ya parecía más tranquilo. -Sabés... fue Sebastián el amigo de boxeo que me dio el libro y estaba en la misma situación que me encontraba yo, cuando te lo di. Ingenuo de mí, egoísta de no haber sabido que uno solo no puede enfrentarse a poderes superiores sin caer en decadencia... pero no tengo la valentía de Sebastián. Él se suicidó luego de haberme dado el libro, sí, porque se necesita valentía para hacerlo, aunque en mi estado sería ya un alivio sanador...
Pero no puedo solo, necesito que lo hagas Juan, por favor. -
Saqué una navaja del bolsillo con mi mano derecha, mientras que la otra bajó la mochila que llevaba en el hombro.
-Nicolás, amigo.- Dije con aire de solemnidad.
-He descubierto el secreto del libro, ahora sé como hacer que las palabras se mantengan impresas, lo he descubierto y no solo eso. He detenido al perverso ser que manejaba nuestros sueños y realidades. Ya no va a molestar a nadie, no por ahora y no a su voluntad.
Quiero que sepas que ya formás parte de un grupo de gente que desde que su autor lo escribió, han tenido el honor de poseerlo. Todos, hasta incluso su autor se suicidó, deberías estar orgulloso de vos mismo de no haber llegado a ese nivel de locura, haberte mantenido cuerdo para que me lo puedas entregar, poder haber tenido esta conversación y dar lo que vas a dar por el bien de todos.
Te voy a decir algo que quiero que sepas. He leído gran parte del libro. Este cuenta algo que pocos estamos preparados para entender, sin llevarnos a la locura como a su escritor.
He leído gran parte de él, pero el final aún no me es revelado, por eso te necesito amigo mío... tú me revelarás el fin y se dará por concluida esta era decadente de valores y morales corruptos. Comenzará la edad del que no debe ser nombrado, del que yace eternamente. Nada ni nadie puede detenernos ahora, somos muchos más de los que te imaginás. Y estamos decididos a todo.
Hundí mi cuchillo en su garganta y saqué el libro rápidamente de la mochila. La sangre de Nicolás fue absorbida por él, tornándolo hermoso y completamente legible.
Fin
H. West
domingo, 26 de agosto de 2012
Esos días
"Hay días en los que te extraño, otros que recuerdo que nunca tuvimos nada y otros en los que recuerdo que nunca jamás te conocí. Pero lo haré."
H, West
H, West
miércoles, 2 de mayo de 2012
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